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Corrían los
primeros días de noviembre del 85. Por aquel entonces un terraplén
protegía a la villa de Lago Epecuén. Del otro lado, al acecho, la
amenaza de un espejo de agua --que diera vida a un turismo
incipiente-- pero que, de manera paulatina, se fue transformando en
una amenaza incontrolable.
Epecuén era la
superficie de agua más profunda del sistema de las Encadenadas del
Oeste y no tenía, como otras cercanas, la posibilidad de derivar.
La ecuación
matemática de la naturaleza fue irreversible: agua que entraba... no
salía y, de a poco, la cota fue subiendo inexorablemente.
Azuzado por el
viento, el oleaje cacheteaba los bordes de esa franja artificial de
tierra como anticipando el final. Todos admitían, con temor, la
posibilidad de un golpe de gracia aunque querían pensar lo
contrario. Y pasó lo que nadie quería.
Una torrencial
lluvia se desató sobre la zona serrana que abastece a este sistema.
Más de 100 milímetros, que se derramaron en un breve lapso de
tiempo, iniciaron su cabalgata infernal. Se escurrieron
descontroladamente por cualquier declive. Cruzaron los campos,
cortaron caminos, deshilacharon los alambrados, y arrastraron todo
hacia un averno hambriento.

El "malón"
de agua enfiló hacia Epecuén que recibió los enormes caudales que su
gente no merecía. "¡Se rompe el terraplén..!" fue,
aquel 10 de noviembre del 85, una primera alarma solitaria que se
multiplicó enseguida. Ese murallón, que había soportado estoicamente
los embates permanentes de un lago hasta ahí amigo, pero
transformado por la naturaleza en un enemigo no deseado, fue
perdiendo la batalla y el agua cargó contra la villa.
Avanzó sobre las
primeras calles, las primeras casas, los primeros negocios y...
barrió impiadosamente todas las ilusiones. Por motivos menos
heroicos que el jujeño, comenzó un éxodo inevitable. Todos hicieron
lo que pudieron: con el agua hasta los pies, primero, y a la
cintura, a las horas. Esos rostros, acongojados, pero fortalecidos
por la lucha fueron, quizás, el testimonio más fuerte de un
sufrimiento que nadie hubiera esperado.
No había tiempo
que perder. Ni siquiera para descargar un llanto que, justificado,
se anudaba en las gargantas. Los días del almanaque comenzaron a
caer sin respuestas a los interrogantes de un futuro cargado de
incertidumbres de quienes habían perdido todo.
Avanzadas las
horas de aquel 10 de noviembre, el camino del éxodo a Carhué se
transformó en una huella profunda e imborrable para la gente de
Epecuén. Nadie habrá evitado, como Lot, una última mirada antes de
dar la espalda definitiva a una realidad no querida. Pero no hubo
estatuas de sal. El agua se llevó todo. Hasta las historias de vida.
Comprender la angustia y la desesperanza de los
habitantes de Carhué, en aquellas horas, es entender hoy el cariño
que sienten por su intendente, Alberto Gutt. Su gestión, tenaz y
emprendedora, le devolvió a Carhué el esplendor y su posición de
privilegio entre los balnearios de aguas termales de la Argentina.
Sienten, también, que Gutt le agregó a su carácter emprendedor, ese
imponderable que es su pasión por Carhué.
Gutt y la gente: la mejor ecuación para que aquella
inundación pasara a ser una leyenda... |