Sexta Sección
VOCERO DE LAS COMUNAS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES
Edición Diciembre 2005
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MUNICIPIO DE ADOLFO ALSINA

LAGO EPECUEN
EL DIA QUE LAS AGUAS... BAJARON TURBIAS

 
 
 

Corrían los primeros días de noviembre del 85. Por aquel entonces un terraplén protegía a la villa de Lago Epecuén. Del otro lado, al acecho, la amenaza de un espejo de agua --que diera vida a un turismo incipiente-- pero que, de manera paulatina, se fue transformando en una amenaza incontrolable.

Epecuén era la superficie de agua más profunda del sistema de las Encadenadas del Oeste y no tenía, como otras cercanas, la posibilidad de derivar.

La ecuación matemática de la naturaleza fue irreversible: agua que entraba... no salía y, de a poco, la cota fue subiendo inexorablemente.

Azuzado por el viento, el oleaje cacheteaba los bordes de esa franja artificial de tierra como anticipando el final. Todos admitían, con temor, la posibilidad de un golpe de gracia aunque querían pensar lo contrario. Y pasó lo que nadie quería.

Una torrencial lluvia se desató sobre la zona serrana que abastece a este sistema. Más de 100 milímetros, que se derramaron en un breve lapso de tiempo, iniciaron su cabalgata infernal. Se escurrieron descontroladamente por cualquier declive. Cruzaron los campos, cortaron caminos, deshilacharon los alambrados, y arrastraron todo hacia un averno hambriento.

MUNICIPIO DE ADOLFO ALSINA - LAGO EPECUEN

El "malón" de agua enfiló hacia Epecuén que recibió los enormes caudales que su gente no merecía. "¡Se rompe el terraplén..!" fue, aquel 10 de noviembre del 85, una primera alarma solitaria que se multiplicó enseguida. Ese murallón, que había soportado estoicamente los embates permanentes de un lago hasta ahí amigo, pero transformado por la naturaleza en un enemigo no deseado, fue perdiendo la batalla y el agua cargó contra la villa.

Avanzó sobre las primeras calles, las primeras casas, los primeros negocios y... barrió impiadosamente todas las ilusiones. Por motivos menos heroicos que el jujeño, comenzó un éxodo inevitable. Todos hicieron lo que pudieron: con el agua hasta los pies, primero, y a la cintura, a las horas. Esos rostros, acongojados, pero fortalecidos por la lucha fueron, quizás, el testimonio más fuerte de un sufrimiento que nadie hubiera esperado.

No había tiempo que perder. Ni siquiera para descargar un llanto que, justificado, se anudaba en las gargantas. Los días del almanaque comenzaron a caer sin respuestas a los interrogantes de un futuro cargado de incertidumbres de quienes habían perdido todo.

Avanzadas las horas de aquel 10 de noviembre, el camino del éxodo a Carhué se transformó en una huella profunda e imborrable para la gente de Epecuén. Nadie habrá evitado, como Lot, una última mirada antes de dar la espalda definitiva a una realidad no querida. Pero no hubo estatuas de sal. El agua se llevó todo. Hasta las historias de vida.

Comprender la angustia y la desesperanza de los habitantes de Carhué, en aquellas horas, es entender hoy el cariño que sienten por su intendente, Alberto Gutt. Su gestión, tenaz y emprendedora, le devolvió a Carhué el esplendor y su posición de privilegio entre los balnearios de aguas termales de la Argentina. Sienten, también, que Gutt le agregó a su carácter emprendedor, ese imponderable que es su pasión por Carhué. 

Gutt y la gente: la mejor ecuación para que aquella inundación pasara a ser una leyenda...