Sexta Sección
VOCERO DE LAS COMUNAS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES
Edición Diciembre 2005
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DE PROFESIÓN: ACTIVISTA

Pertenecen a una sub especie de la raza humana. Son los violentos. En el siglo XX los hubo ingenuos e individualistas (en los principios); pero también líricos y organizados (promediándolo). Algo los unía: eran cultos, leídos y se financiaban. El gran movimiento inmigratorio de principios del siglo pasado trajo a nuestro país miles de españoles e italianos, mayoritariamente campesinos y obreros, expulsados por la hambruna que había dejado la primera guerra mundial. Unos pocos de esa gran corriente inmigratoria eran anarquistas. Y murieron como tales. Algunos en la lucha del conurbano, otrora industrioso, y otros en la patagonia rebelde.

Los '70 trajeron aparejada una juventud revolucionaria. Resabio, sin duda, de aquel mayo francés de 1968 y que eligió la lucha armada como método para llegar al poder y cambiar las estructuras neoliberales de Onganía primero y de Videla después.

Tras algunos años de remanso, el 12 de abril de 1997 comenzaría a gestarse un nuevo prototipo de ¿luchadores? sociales. Aunque los de hoy se distinguen de aquéllos por el lenguaje rústico, la incultura, la dependencia a la droga y al alcohol, una nebulosa de objetivos inciertos... y los financian. Analicemos: la historia dirá que ese día, y mientras la Gendarmería Nacional y la policía de Neuquén, se enfrentaban con manifestantes que tenían cortada la ruta nacional 22, murió Teresa Rodríguez. Esta joven de 24 años sería la bandera de lo que hoy se conoce como el MTR siglas del Movimiento Teresa Rodríguez, una organización popular de lucha. A como de lugar.

Tres años después, en la norteña ciudad de Tartagal, provincia de Salta, desempleados cortaban la ruta nacional 34. En la madrugada del 10 de noviembre del 2000 Aníbal Verón cayó muerto de un balazo.   

Su nombre fue tomado para articular otra fuerza de choque: la Coordinadora Aníbal Verón.

Con ideas "aggionarnadas" de aquél, si se quiere romántico anarquismo, el movimiento activista ya lleva casi un lustro de violencia. La diferencia entre uno y otro radica en la focalización del "enemigo". Aquéllos de principios del siglo XX apuntaban a la patronal, a los terratenientes, a los políticos corruptos y entreguistas. Estos de principios del siglo XXI son más amplios en sus objetivos y cualquiera puede caer ante sus "tumberas", hondas, palos, piedras y rostros encapuchados. Las estaciones de Haedo y Avellaneda, en el Gran Buenos Aires, y los acontecimientos de Mar del Plata, durante el desarrollo de la IV Cumbre, exime de mayores comentarios.

Hay otras diferencias que los distinguen: los anarquista, no contaban con "zonas liberadas". Estos parece que sí. Muchos de aquéllos purgaron años de reclusión en las cárceles del sur. Estos entran y salen de las comisarías con absoluta facilidad y hasta tienen abogados duchos en encontrar los resquicios de la ley.

Siendo los activistas, hoy por hoy, un plato de consumo masivo a la hora en que se conjuga el almuerzo con los informativos y noticieros, es bueno conocer la receta:  

o Una buena cantidad de intolerancia
o Un cucharón gigante de prepotencia
o Un kilo y medio de impunidad
o Puñados convenientes de patoterismo
o Cantidad necesaria de protección judicial
o Un trozo de pánico ajeno
o Un litro de adrenalina mal entendida
o Pizcas de patrioterismo
o Una taza grande de creatividad musical

 
     
  Mezclar en un bol: la hipocresía de los insensibles; la vista devaluada de alguna policía; banderas gigantes para encubrir tropelías inmensas. Tiene más sabor si se flamea con gomas  quemadas. Levantar los aromas con "birra" y tetrabrick. Condimentar con vidrios rotos de vidrieras y parabrisas astillados. Aceitar con rabia y bronca. Mezclar todo haciendo el mayor despelote posible. Y saber  que nada es para toda la vida. Sobre todo, la vida.