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GENTE & PERSONAJES

LA HISTORIA SECRETA
DE LA TORTUGA MANUELITA

Amalia Isabel Daibes nació en Guaminí. Una ciudad que dejó siendo niña pero que vivió en su imaginación a través del relato de sus padres. Radicada en Pehuajó se transformó en mujer primero y más tarde en escritora de renombre. Amalia evoca hoy aquellos primeros años de su niñez... y cuenta una historia inédita de la tortuga más famosa de Argentina.

El pago chico


Amalia junto a la emblemática
tortuga en el ingreso de Pehuajó

En las páginas de la memoria, donde están aquellos recuerdos que vuelven a través de una canción, de la brisa, de un perfume o una palabra, está el nombre de mi pueblo natal: Guaminí. 
Ahora lo pronuncio suavemente pero con el mismo orgullo que lo hizo aquella niña que fui. Me veo en sexto grado de la Escuela Nacional N° 81 de la localidad de Salazar, otro cielo en mi corazón. 
Para asombro de todos, incluso el mío, era la única de otro lugar. Guaminí: mi voz cantó la palabra al momento que mis pensamientos intentaban encontrar imágenes. Porque había nacido ahí pero lo había dejado al año y no conocía a mi pueblo. 
Lo narrado por mis padres, y mi imaginación, acudieron en mi ayuda. ¡Benditas palabras! Hablé de sus lagunas y sus aves, y hasta de las toscas de sus calles y campos. Pasarían aún dos años más para que pudiera disfrutar de todo eso en la tierra que escuchó mi primer llanto. Y presagiando, tal vez, que solo regresaría siendo adolescente dejé que el sol se detuviera en mi piel, dejé escurrir los peces entre mis dedos para verlos una y otra vez. 

Llevé en mis sentidos el cantar del arroyo y el plateado de sus aguas. Después la vida y sus caminos trajeron a mi familia a  la ciudad de Pehuajó .
Desde aquí he comenzado a enviar mis poemas a distintos concursos, obteniendo premios y menciones, nacionales e internacionales, con la mayoría de ellos. Integro, desde este año, el Grupo Literario Acuarela  (Pehuajó) y trabajo como administrativa en la Jefatura de Educación de Región 15. Comencé a escribir a los nueve años y he sumado, desde entonces, poemas y narrativas integrando antologías y revistas literarias. Y en ese tránsito de poder expresarme a través de la palabra escrita, se fue plasmando el concepto de compartir. Así lo vivo y revivo en cada obra. Llegaré este año, si Dios así lo quiere, por segunda vez al  II Encuentro Internacional Comunitario de Escritores de la provincia de San Juan para visitar servicios educativos, bibliotecas y otras entidades literarias e integrar además la Antología “Entretejiendo desde el hacer de las palabras”. El entretejer de la magia y el poder de la palabra, en esos infinitos hilos de la escritura, y en estos infinitos hilos de la vida que han unido la mía desde aquel Guaminí del ´53  al estimado lugar donde vivo hoy.       

Por Amalia Isabel Daibes

Cuento inédito exclusivo para "Sexta Sección"

LA HISTORIA SECRETA DE MANUELITA:
EL VERDADERO AMOR

El calor se balanceaba, pesado aún, en las hojas de los árboles y en los vapores de los jardines recién regados. Salí a la calle cuando ya había anochecido. Busqué uno de los pulmones de la ciudad y, como relativamente estaba cerca del único y atractivo parque, fui hacia él. Había todavía algunos abrumados por la temperatura caminando por sus senderos. Crucé uno de los dos puentes que posee, intentado buscar soledad. En la orilla del primer lago, que estaba quieto e iluminado por la luna, me dejé caer primero para después sentarme sobre el pasto  prolijamente cortado. ¿Fue en ese momento o fue después? ¿Cuándo lo vi?. No lo sé. El anciano estaba sentado a mi lado y me hablaba. Unos hermosos ojos celestes resplandecían a pesar de las arrugas de sus párpados. La blancura de sus cabellos y barba  rivalizaban con la luz del satélite.
- ¿Cree en Manuelita? -me preguntó.
Más que asombrada, respondí que sí. Sin darme tiempo para continuar, el viejo habló: 
- Hace bien en creer. Yo la conocí  hace ya...  más de cien años. Era ella una hermosa joven, con mucho afecto, de ojos grandes y caminar lento. Muy coqueta y estudiosa también, hasta tocaba el piano. Vivía casi en el centro de lo que hoy es la ciudad mientras aquí mismo, en este lago que usted ve, se realizaba el pisadero con caballos para el barro de los adobes, lo que llaman horno de ladrillos. Con uno de esos caballos trabajaba un jovencito, de ojos claros y cabellos rubios, tan buen mozo como pobre. Una tarde, paseando Manuelita con sus padres se miró con el muchacho. Enamorados, los dos se vieron hasta que el padre de ella se los prohibió. Así fue que una noche, parecida a ésta,  y sólo parecida porque en esa época se escuchaba por este lugar el resoplo de un caballo o el ladrar de los perros y nada más, ella se escapó de su familia. Llegó silenciosamente hasta aquella otra orilla.
Perpleja y sólo mirando los ojos del hombre musité -¿Y?
- En ese momento -siguió el viejo su relato en voz baja- la luna se ocultó  y la joven cayó al barro del pisadero. Solamente con sus manos al aire llegó a esta orilla donde el mocito, despertado por los perros, pudo sacarla. Pero no pudo quitarle el barro que la cubría y que se secaba a cada minuto que pasaba. Abrazados permanecieron los dos hasta dormirse. Con el primer movimiento del trabajo en el pisadero, y el primer rayo de sol, despertó el muchacho encontrando entre sus brazos a una tortuga, con la caparazón del color del barro del pozo. La cuidó durante muchos años hasta que ella decidió realizar el famoso viaje a París. Usted de esto debe saber más que yo.
Aquí el  anciano se detuvo en su charla y yo pude preguntar vacilante: -¿Y... regresó?
- ¡Vaya si lo hizo! -dijo sonriendo bonachonamente- ¿por qué  cree que estoy yo aquí si no?
- Entonces... -susurré mirando la luna que se ocultaba.
- ¡Señora! -la voz del  cuidador del parque me sobresaltó- No puede permanecer en este lugar, ya es tarde.
- ¿Y el anciano, adónde está? -pregunté.
- ¿Aquí?... Siempre estuvo usted sola -me contestó.
Levantarme y salir apresurada del lugar fue todo en un mismo tiempo, aunque alcancé a escuchar al joven cuidador diciendo:
- También a esta hora hay cada loca suelta.

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