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¿Por qué no apartas de mí la vista?

 

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

Por Ignacio Carbajosa, de www.paginasdigital.es

La búsqueda del pequeño Julen nos ha tenido a todos en vilo durante casi dos semanas. De algún modo las excavaciones para encontrar al niño han ido parejas a ese otro excavar en la profundidad de nuestro ser en busca de sentido. ¿Qué valor tiene la vida? ¿Para qué nacemos? ¿Qué es la muerte? ¿Son el azar y la fortuna los dueños de nuestra vida?

Estas preguntas, que solemos tener medio enterradas y que estos días se han abierto camino como entre zarzas, dicen ya mucho de nuestra naturaleza humana. No ha sido necesario explicitarlas, nos hemos movido de hecho con ellas. ¿Quién no se ha sorprendido encendiendo la televisión, la radio o accediendo a los periódicos digitales para conocer la última hora de un niño que ninguno conocemos? Pero aún llama más la atención el ingente operativo montado en la hasta ahora desconocida localidad de Totalán. Una obra de ingeniería que duraría meses se ha llevado a cabo en algo más de una semana. Se han movilizado medios públicos y privados, nacionales y extranjeros. Una brigada de mineros asturianos ha vivido “a pie de pozo” durante días, preparados para entrar.

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?”. La pregunta del Salmo 8 me ha venido a la cabeza recurrentemente estos últimos días contemplando la movilización del país en torno a la vida del pequeño Julen. Las posibilidades de encontrarlo con vida eran pocas (tal vez ahora nos lo confesamos) y sin embargo no se han escatimado esfuerzos de todo tipo. Nos separan tres mil años de aquel salmista, pero su pregunta sigue dando forma a nuestra pregunta: ¿Qué es el ser humano, tan valioso y tan frágil?

La expresión del Salmo no es problemática y mucho menos escéptica. Nace más bien del asombro y la admiración por las obras de la creación: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, // la luna y las estrellas que has creado”. Si comparamos nuestra vida, siempre frágil, con la inmensidad del universo (que hoy conocemos mejor que hace tres mil años), nace de forma natural esta pregunta, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? Aun siendo poca cosa, sólo el ser humano tiene conciencia de toda la realidad, sólo él es la “autoconciencia” del universo. Misterio entre los misterios, que estos días se movía entre la maquinaria presente en Totalán.

Pero ¿cómo censurar el desgarro y la perplejidad que nos han alcanzado cuando desde el pozo profundo han llegado noticias de muerte? Nos hacemos uno con el sufriente Job, que, en su dolor, convertía la pregunta admirada del salmista en un grito de protesta dirigido a Dios: “¿Qué es el hombre para que te ocupes tanto de él, para que pongas en él tu interés, para que le pases revista por la mañana y lo examines a cada momento? ¿Por qué no apartas de mí la vista y no me dejas ni tragar saliva?”. Admiración y dolor, grandeza y pequeñez, agradecimiento y protesta, vida y muerte, conviven en nosotros. ¿Quién puede penetrar en este misterio sin censurar ninguno de sus factores?

La pregunta admirada del salmista y el grito desgarrador de Job no son la última palabra de esa sabiduría única de Israel. Otro grito, esta vez de contenida alegría, nos ha alcanzado la mañana de Pascua desde aquella misma tierra, desvelando el misterio que nos atenazaba: ¡ha resucitado! La respuesta a nuestro desvarío no ha venido de una reflexión más aguda o de la mano de una teoría consoladora. Ha llegado de la historia. Todos tenemos que hacer las cuentas con este anuncio que ha dividido el tiempo en dos: el que estaba muerto, Jesús, ha resucitado. El mismo que se acercó a aquella mujer, viuda, que había perdido a su hijo pequeño para decirle: “Mujer, no llores”. Julen ha muerto. Julen no ha muerto.

Ignacio Carbajosa

Es catedrático de Antiguo Testamento en la Universidad San Dámaso y responsable del movimiento católico Comunión y Liberación

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