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Premio a la delincuencia

 

Hemos asistido a un nuevo capítulo en la triste historia de la Copa Libertadores. La decadencia del fútbol sudamericano puesta de manifiesto con crudeza en el último Mundial de Rusia, tuvo su correlato con lo sucedido, primero en los vergonzosos fallos sobre casos similares y luego en la procura de la justificación de uno de ellos, River-Racing, con la permisividad del comportamiento delictivo por parte de los jugadores de River con la complicidad del árbitro.

El árbitro del partido: severo con el hábil, permisivo con los desleales.

Que Racing no haya sabido sobreponerse a tal muestra de manoseo del reglamento y de la utilización de la violencia avalada por los encargados de aplicar justicia dentro y fuera del campo de juego, habla en todo caso de un pecado de demasiada inocencia, una ignorancia supina por parte del entrenador o hasta de una aceptación, quien sabe por qué razones, de que las cosas tenían que ser así. Pero ello no puede tapar el mafioso comportamiento en el logro de un objetivo, no ya la clasificación deportiva, sino los dólares que River necesita imperiosamente.

Así se permitió pegarle al pobre de Centurión tanto en la ida (foto) como en la vuelta.

La imagen del final del partido mostrando a Enzo Pérez provocando a Centurión, cuando el partido ya iba 3 a 0, mostró con claridad irrefutable cual fue el argumento de River para consumar su ya establecida clasificación a la próxima instancia de la Copa Libertadores.

Cuando a los 5 minutos de partido el árbitro, no solo no sancionó un penal contra Centurión, sino que se le acercó recriminándolo, quedó claro cuando era la intención. E insisto, que todos los jugadores no hayan salido a defender a su compañero, protestando tal como se permite en este transgresor fútbol sudamericano, no quita nada de la pudredumbre que envolvió al desarrollo del partido.

La sistemática persecución a patadas a los tobillos por parte de los jugadores de River al hábil jugador de Racing fue la táctica empleada por Gallardo para desarmar los intentos de ataque por parte de su adversario. Uno a uno fueron demoliendo a un Centurión, que según el árbitro, se lo tiene merecido por querer ser como esos europeos que nos pintaron la cara. En un córner, Enzo Pérez, aplicó un  golpe al mismo Centurión, el árbitro que no lo quiso ver, sin embargo fue advertido por el asistente. Agresión sin pelota es expulsión, pero el árbitro aun aceptando tal falta solo lo amonestó. No estaba dispuesto a cambiar los planes de clasificar a River.

Centurión, cansado del hostigamiento de jugadores e hinchas, les recuerda que sucede cuando enfrentan a un mafioso similar.

Quedan para el análisis las sospechosas actuaciones en Racing de Cardozo y Bou, dentro del campo de juego y la falta de respuestas del entrenador Coudet, pero en todo caso, forma parte del mismo cuadro de situación y no puede ocultar el marco general en que se resolvió la premeditada clasificación de River. Del mismo modo que no pueden adjetivarse las actuaciones de los jugadores de este último en un partido jugado fuera de reglamento y con fuertes sospechas de haber ingerido estimulantes no permitidos.

Que los medios de prensa nada digan de esto, no es ignorancia, forma parte de la decadencia. Desde que empecé entender los comentarios de los diarios y revistas deportivas no supe nada de lo que en verdad sucedía en el fútbol argentino, hasta que descubrí a Dante Panzeri y me enteré de los arreglos, chanchullos, sobornos y demás corrupciones que envolvían y lamentablemente, siguen envolviendo, no tan solo al fútbol, sino a toda la sociedad, como el mismo Panzeri relacionaba y ahora hemos sido anoticiados.

“No nos tiremos al pozo…” Decía Panzeri, “…No es cuestión de tirarse al pozo para comprobar la descreída profundidad del pozo. Es cuestión de bajar hasta el fondo del pozo tomándonos de alguna cuerda firme. Pero bajar y llegar”. Panzeri no lo vio, me temo que yo tampoco.

Mario R. Martín

Foto de portada: Enzo Pérez huye cobardemente incapaz de enfrentar como hombre al desafío de un jugador que se la “aguanta” sin la protección del reglamento dentro de la cancha y tiene el coraje, a riesgo de una sanción, de defender su honor mano a mano.